Pinceladas de la sítuación económica actual

Atención lector: esta entrada no es como las entradas habituales. Seguramente la encuentres bastante más larga que las otras, y es posible que ya estés harto de escuchar cosas de la crisis y de la economía mundial. También puede ser que seas un entendido en la materia, con lo que es posible que tampoco te interese, pues no voy a contar nada nuevo, sólo a hilar y enlazar informaciones de diversos ámbitos. En ese caso, es mejor que pases página y no pierdas tu tiempo en esto.

Y dicho esto, allá voy.

Introducción

Llevo varios días queriendo hacer este post, y no veía el momento. Es tanta la información con la que nos bombardean que uno no sabe muy bien hacia donde mirar. Por un lado, internamente hay 2 vertientes principales: los que dicen que no pasa nada (gobierno y gente muy optimista) y los que dicen que de esta no se salva nadie y que el nuevo Armageddon viene en forma de crisis económica. Entre estos dos sabores, hay una gama de colores intermedios. Como suele ocurrir, todo el mundo tiene soluciones que ofrecer, y especialmente cuando se trata de ofrecérselas al prójimo, pero nunca a uno mismo, principalmente por ser medidas bastante impopulares.




Creo firmemente que no es momento de preocuparse como hemos llegado a esto o quien o quienes son los responsables. Por varias razones. Primero, porque no hay tiempo para ello, ya que el tiempo corre en nuestra contra, y en segundo lugar, porque ya se sabe, y no hay que ser muy avispado para darse cuenta. De hecho es algo que muchos veíamos venir de lejos, y eso sin mirar a Europa, sino solamente viendo nuestro día a día. Por nuestro carácter, nuestro entorno y nuestra sociedad, tendemos a mostrarnos demasiado optimistas. Y no optimistas en el sentido de gente que afronta el futuro y las dificultades con buen humor. Sino optimistas en el sentido de Homer, el de los Simpsons. En cierta ocasión, le enseña a Bart como afrontar los problemas en la vida, y le dice que la mejor solución cuando uno tiene un problema es meterse en un armario, cerrar los ojos y esperar a que el problema se resuelva solo. Y aunque a todos nos hace mucha gracia ese episodio, no sé si nos reímos por lo cómico de la situación o porque nos vemos reflejados. Porque es muy “de aquí” lo de cerrar los ojos y esperar a que las cosas se soluciones solas, o directamente a que sean otros los que las resuelvan. Y esta postura se ha venido aplicando en todos los sectores, tanto en los ciudadanos de a pie como en las clases políticas.

Nadie se asombrará mucho si menciono que el gobierno actual ha vivido en una situación irrealista todo este tiempo. De hecho, no soy el primero que lo restriega, y eso es algo que desde el principio se veía. El que lo diga la oposición se puede obviar, porque es la oposición, y dicho sea de paso, durante estos 6 años ha demostrado que lo único que sabe hacer es oponerse. Por sistema. Todavía estamos a la espera de ver plantear alternativas y mucho me temo que nos quedaremos sin verlas, al menos por ahora.

Crisis, what crisis?

El caso es que no fue hasta la semana pasada cuando por fin pude ver a un presidente que era consciente de la situación actual. Y esto ocurrió porque de pronto vi a un señor asustado. A un señor que por una vez en sus dos legislaturas se daba cuenta de que se le había ido el asunto de las manos. Y planteaba una medida que significaba su suicidio político. Y aún sabiendo eso, le daba igual, porque ya estaba claro que eso era lo de menos. Lo importante era salvar los muebles. Aunque esta medida era sumamente impopular y nadie la iba a ver con buenos ojos, la lanzó. Los sindicatos se desmarcaron rapidamente, para que no hubiera ninguna duda de que ellos estaban con el trabajador. Sin embargo, no dieron ninguna pauta para explicar como se iban a pagar las pensiones en unos años cuando no hubiera dinero. No, para eso no están. Ellos no están para dar soluciones sino para plantear problemas. La oposición tampoco perdió comba y de nuevo hizo leña del árbol caído. En cambio a mí me gustó ver por una vez a un presidente con los pies en la tierra. Y aunque le sigo considerando responsable indirecto del día que volaron la empresa en que trabajaba, y no se me ha olvidado todo el daño que ha hecho al país en estos años, en que se ha dedicado a hacerse fotos y a decirle a todo el mundo lo guay que somos los españoles, como decía al principio, pienso que es el momento de actuar y por un momento, dejar los partidismos a un lado y hacer un único bando. Lo que pase después nadie lo sabe, porque todos sabemos que en este país la gente tiene muy poca memoria (de hecho mis canarios son capaces de recordar más cosas) y sólo son capaces de recordar lo último que les ha pasado, por lo que no sería improbable volver a tener otro gobierno igual en las próximas elecciones. Y por otro lado, esta situación es bastante inusual y peculiar, y de hecho desde la crisis del 29 no se ha visto nada parecido.

Una de las cosas que he leído en estos días es que estas generaciones de ahora (del 40 en adelante) son las primeras que no han vivido ningún desastre de dimensiones considerables, tales como hambrunas, pandemias o guerras y que este va a ser nuestro sacrificio. Es cierto que mi generación (la de los 70) no ha vivido nada de eso, pero sin embargo, también es verdad que parece que llegamos tarde a todo. Quitando los que compraron piso en los 90, los siguientes o bien ya no han podido comprar una casa, o lo han hecho a un precio astronómico. Nuestros padres no tuvieron que gastarse 12 años/sueldo en su vivienda, sino que hasta hace 15 años una casa no pasaba de 3-4 años/salario, un precio bastante razonable y cualquiera que trabajara podía permitirse una vivienda (qué menos ¿no?). La diferencia entre una casa y otra era la cercanía del núcleo urbano y los metros. Ahora la diferencia es que unos tienen casa y otros viven con los padres. Y tener una nómina no te hace acreedor de la posibilidad de tener vivienda. Es decir, que en 15 años la situación del ciudadano de a pie ha cambiado sustancialmente, como se puede apreciar.

Como decía antes, algunos ya habían hablado con palabras claras y sencillas que la crisis ya estaba aquí y que la torta iba a ser considerable. No hablo del populacho de taberna, que para todo tienen respuesta y solución, que todo lo sabían de antes y que arreglan el mundo entre vinito y vinito. Gente con estudios, que relacionaba esta línea de aquí con aquel cuadrado de allá, veía que las cuentas no salían, y que practicamente nunca o casi nunca la solución llega sola y que hay que buscarla. El más famoso de estos últimos años seguramente es Leopoldo Abadía, que nos trajo unas lecciones de economía de andar por casa, en donde explicaba con frases muy sencillas que lo que usted, lector casero, no entendía, tampoco lo entendían los que eran los maestros de la materia. Con frecuencia olvidamos que si 2+2 no dan 4, da igual que seamos neófitos o expertos en la materia. Las cuentas siempre deben salir, y si no salen, hay que repasar porque algo está mal. Con la Crisis Ninja nos enteramos por fin de qué iban lo de las hipotecas subprime, esos valores de “alto riesgo”. Es decir, que nos puso de manifiesto lo que muchos intuíamos: que realmente no se sabía donde estaba el dinero invertido. Y esto empezó a generar suspicacias y sobre todo, inseguridad.

Lo de la crisis, ya he dicho en otras ocasiones que me parecía una patraña inventada. Entendámonos, no se trata de negar la existencia de la crisis. Se trata de que se ha magnificado su impacto a fuerza de avisar desde los medios de comunicación que la explosión de la burbuja estaba por llegar, que el fin del mundo estaba cerca y que íbamos a morir todos entre horribles angustias y tormentos. Tanto anuncio alarmista al final terminó por producir una desconfianza generalizada en todos los sectores (laborales, sociales, …). Nadie se atrevía a invertir por lo que pudiera pasar, por si mañana necesitaba el dinero para otra cosa. Y eso pasaba en la casa de cada uno. El coche que pensaba comprar se deja para más adelante, porque el de ahora aún funciona. Esa reforma que iba a hacer no se hace, “por si acaso”. Esta desconfianza estancó la economía. Y esto es en microeconomía, pero es que la economía media ocurrió lo mismo. La empresa para la que uno trabajaba perdía clientes, y los que mantenía cancelaban proyectos o encargaban menos cosas. Todo lo que no era estrictamente necesario o no generaba dinero inmediato, se cancelaba (en el caso de las IT que es lo que mejor conozco, proyectos de I+D, proyectos de mejora de infrastructuras, oficinas de proyectos para medir la calidad, …). Y esto, como no, también tiene su reacción a nivel de macroeconomía. Viendo como está la situación, los inversores se muestran bastante reacios a invertir en deuda pública de España. No lo ven claro. Y este punto lo abordaremos en el siguiente paso.

¿Se ve el bosque igual desde fuera que desde dentro?

Yo tenía esa duda, pues desde dentro del bosque se ve poco, y lo que se ve no resulta demasiado halagueño. Aunque no puedo sacar grandes conclusiones de ello, pues mi visión es, en realidad, bastante reducida y sesgada a lo que conozco. ¿Podría extrapolar mi visión negativa a todo el campo de acción? ¿Mi pequeña muestra era representativa de toda la población?

Bueno, pues parece ser que sí. Fuera de España se nos conoce por pertenecer al grupo de los PIGS (Portugal, Italy, Greece & Spain). Nombre despectivo que habla por si solo. Según tal descripción somos la lacra de la Unión Europea. El sitio donde ningún inversor clásico querría meter dinero, por no saber si lo va a poder recuperar. Escudriñando un poco el por qué de tanta desconfianza a la hora de invertir en la deuda pública de España, los motivos son la alta morosidad bancaria y el alto endeudamiento. Y dígame, ¿usted invertiría en un país como este a la vista de tales cifras? Yo no. Se ve que esto es una ruleta rusa y poco bueno puede salir. Pues fuera de España también lo ven así, y no sólo ven esto, sino que ven un factor que usted puede ver también aquí mismo sin moverse de su ciudad, y que viene al hilo de lo comentado al principio: los inversores extranjeros tienen la percepción de que en España no se está haciendo nada para salir de la situación actual. Es decir, que el problema no es lo que pasa ahora, sino lo que va a pasar. Y de ello nos lleva avisando Niño Becerra desde hace un par de años. Niño Becerra es uno de esos tipos incómodo al que no gusta escuchar, porque dice cosas muy claras y que generalmente no son muy optimistas. Y son cosas que se pueden comprobar más o menos facilmente, sin ser muy avispado ni manejar conceptos económicos avanzados. Por ello, está copando actualmente los medios de comunicación, ya que todas las miradas se están volviendo hacia él, mientras él mira con condescencia a las cámaras, como queriendo decir: “ya os lo dije”.

Si uno ha llegado hasta aquí, podrá explicarse fácilmente el por qué de esas medidas raras que ha tenido el gobierno a través de Zapatero y José Blanco, de elevar la jubilación a los 67 años, de cambiar la indemnización por despido, de paralizar las negociaciones con los pilotos. La primera lectura que uno puede hacer es que se han vuelto locos y quieren suicidarse políticamente hablando. Si uno lo piensa más tranquilamente, se puede ver que están intentando mandar un mensaje bastante claro hacia fuera: “Se están haciendo cosas para salir de este agujero. Queremos que volváis a confiar en nosotros. Somos de fiar.” El problema es que el mensaje por un lado llega tarde. 2 años tarde, que son los años que se veía que esto se hundía. De hecho, hace 2 años todo el mundo se felicitaba de que tuviéramos un gobierno tan rumboso que regalara 400 euros por la patilla. Parece que a la mayoría de la gente se le escapaba que esos 400 euros no eran del señor Zapatero, sino que eran de todos y que no se nos estaba regalando nada, y que posiblemente hubiera que volverlos a poner en breve. Por otro lado, la insistencia del ministro de economía en negar la realidad, negando el número de desempleo, negando las cifras de la banca, negando el déficit, o hablando de “brotes verdes” cuando se veía nieve por todos lados y el cielo encapotado, no ha contribuido precisamente a dar credibilidad al gobierno. Pero no han sido los únicos: la banca y las cajas de ahorro todavía siguen negando lo evidente. Y eso no gusta, porque como inversor parece que le estén llamando idiota a la cara. Si usted ve que las cuentas no salen y le siguen insistiendo en que están bien, es que delante de usted tiene a un idiota o a un fresco. El Santander publicó unos resultados de ejercicio excesivamente maquillados, pero no fue el único, porque el BBVA hizo lo propio, y las cajas. siguen cacareando que aquí no ha pasado nada.

En definitiva, todo el rato se está hablando de lo mismo. Se trata de un problema de honestidad. Si uno no es capaz de parecer sincero, nadie va a invertir nada. Y de ahí el “tour europeo” que está realizando estos días el gobierno, mostrando a nuestros vecinos las medidas tomadas, que somos gente seria y que esto ya está cambiando. Ya veremos si da resultado. De momento la desconfianza continúa, pero desde aquí no se alude a un problema nuestro, sino que la culpa es de los demás, que son muy malos y hablan a la espalda de nosotros. Algo de verdad hay, pero habría que hacer un poco de examen de conciencia, y admitir que lo que hay ahora mismo es patrimonio exclusivo nuestro, por vivir en un mundo irreal por encima de nuestras posibilidades. Y como contabamos en el cuento de los amigos, todos querían beneficiarse por igual aunque unos habíamos pagado más que otros.

Conclusiones finales

Esta es la lectura que he conseguido hacer después de analizar toda la información que me ha llegado en las últimas semanas. De hecho, creo que he aprendido más de economía en estos días que en el resto de mi vida y estudios.

Aunque mi familia y yo, como otras tantas, hayamos vivido hasta ahora de forma muy realista, dentro de nuestras posibilidades y no nos hayamos metido en quimeras imposibles de abordar, nos va a tocar lidiar con esto igual que al resto. Trabajaremos hasta los 67 años. Posiblemente no tengamos pensión, ya que detrás de nosotros no habrá nadie que nos respalde y sostenga el sistema de pensiones actual. Nos costará una fortuna tener hijos y tendremos que costearles la sanidad y el resto de servicios. Nuestro futuro es bastante incierto, y no podremos contar con nadie salvo con nosotros mismos. Este es el precio que tendremos que pagar por haber podido disfrutar de épocas de esplendor como la de los 80, y que es posible que no se repitan en mucho tiempo, incluso que no volvamos a verlas más a lo largo de nuestra vida, aunque mantengo la esperanza de equivocarme.

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