Cuentos e Historias: La Palabra

El Herido caminaba con dificultad por el sendero, y no era para menos. Hace tres días que no come y la herida que tiene en su cintura supuraba un pestilente y sanguinolento líquido. La fiebre le hacía perder la noción de tiempo y espacio, pero el miedo a la muerte le impedía desmayarse.

Piensa en su familia y toma fuerzas. Salió para cerrar unos negocios en la ciudad así que hasta dentro de una semana nadie se preocupará,. y para entonces, todo será en vano.

Nadie pasa por allí. El sol dibuja espejos en el horizonte y perlas en su frente. Una raíz le enlaza el pie y queda tendido sobre el polvo del camino. ¿Para que levantarse? Cierra los ojos y duerme. Sabe que no va a despertar, pero se duerme.

Una figura se detiene a su lado, baja del caballo y da vuelta el cuerpo del moribundo, y mientras escupe entre dientes hacia un costado del camino dice:


– Chá, que lo tiro con mi suerte, este desgraciado se me corta…

***

La frescura de la noche lo despertó. Abrió los ojos y pudo ver las estrellas a través del follaje del ombú bajo el cuál se encontraba tendido sobre unas frazadas. Intento levantarse pero una mano lo retuvo del hombro.

– Cálmese amigo que todavía está débil. Hace tres días que esta allí tirado, y le aseguro que la Parcatodavía lo está rondando.

El Viajero siguió afilando su facón y no dijo más nada. El Herido lo miró unos segundos, y ante la indiferencia de su sanador, cayó rendido y se durmió, esta vez con sueño de tranquilidad.

A la madrugada partieron en silencio. De la boca del Viajero no salían palabras y el Herido preguntó: 

– – – ¿A dónde vamos?
– – – A Carmen de Areco…
– – – Fantástico, allí tengo parientes que le agradecerán el haberme salvado la vida, va a ver como lo reciben. Justamente tenía pensado pasar por allí cuando tuve el accidente con…


Ante la indiferencia del Viajero, el Herido no tuvo más remedio que callarse, y siguieron el resto del viaje con el silencio del Viajero y los vanos intentos del Herido por comenzar un diálogo. Dos días después llegan a la entrada del pueblo. Frente al cementerio paran.

– ¿Qué hacemos aquí? -pregunta el Herido.
– Tengo que ver a alguien, acompáñeme.

Al Herido le cuesta bajar del caballo. Cuando entra al cementerio ve al Viajero arrodillado frente a una tumba.

Se queda en silencio mirando a su salvador y preguntándose sobre el muerto. Se sobresalta cuando el Viajero comienza a hablar como adivinando su pensamiento:

– Tenía solo dieciséis años, recién cumplidos. Quiso ayudar a su madre para poder alimentar a sus hermanitos. Fue a trabajar en la cocina de una estancia. Cuando volvió embarazada nadie la comprendió, y no pudo soportar ni el engaño que la llevó a ese estado, ni la incomprensión de sus seres queridos, ni el sentirse, ni el que la hagan sentirse injustamente sucia. 

Luego, sin dejar de mirar la tumba, el Viajero continuó hablando mientras señalaba: 

– Yo tuve que bajarla de aquel árbol. ¿Sabe lo terrible que es tener que descolgar a su hermanita de un árbol?

Al hacer la pregunta el Viajero se movió y dejo a la vista del Herido la placa que rezaba: «Margarita Paredes». Un frío corrió por la espalda del Herido, y miró al Viajero que se encontraba parado a metros de él con su facón reluciente. Comenzó a reírse con risa de locura y entre hipos dijo:

– Es una broma… ¿Por qué me alimentarme durante una semana? ¿Por qué me curarme…? ¿Por qué soportar a un moribundo delirante por tres noches? ¿Para luego matarlo? No tiene sentido…
– Le digo el porque, señorito, -comenzó a decir y señalando la tumba continuó- porque le prometí que regaría su tumba con la sangre que ella llevaba en el vientre. Por eso. Porque mi palabra es lo único que tengo, y la hago valer…

El Herido se quedo quieto mientras el Viajero se le acercaba. El Herido comenzó a dar un grito de horror. Un grito de horror que se cortó de golpe en el vasto silencio del cementerio.

Datos del autor/a: Pablo Damián Francke (Buenos Aires, abril 6 de 1997)